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Imagen Personaje HERNÁNDEZ SARAVIA, Juan  

BIOGRAFÍA DE JUAN HERNÁNDEZ SARAVIA

Juan Hernández Saravia nació en Ledesma (Salamanca), el 24 de julio de 1880, en el seno de una familia burguesa y provinciana que acumulaba un importante patrimonio en tierras procedentes de la desamortización. Su padre, que había escogido la carrera militar, inició también una carrera en la política local de Ledesma como alcalde del municipio, cargo que ocupaba en el momento de su fallecimiento. Dejó huérfanos a cuatro hijos, entre ellos a Juan Hernández Saravia, que contaba con cinco años en el momento de la muerte del padre.

Juan estudió, junto con su hermano, en el colegio San José de los jesuitas de Valladolid. Su familia era profundamente católica y se decidió por una formación religiosa, en uno de los colegios más prestigiosos de la región castellana, en el que se educaban los hijos de la burguesía terrateniente que serían futuros integrantes de la clase dirigente de los primeros años del siglo XX. En Saravia –como le llamarían a partir de ese momento- perduró siempre el sentimiento religioso. Más tarde, en 1927, ingresaría en la orden seglar de los terciarios carmelitas, en un momento en el que se encontraba absorbido por su dedicación a la lucha por la república. Para él, religión y República nunca fueron una contradicción: su profunda religiosidad se circunscribía al terreno de lo privado, mientras que la última era la noción más alta que se podía concebir en la vida política y pública.

En 1908, siguiendo los pasos de su padre, era admitido en la Academia de Artillería de Segovia. Finalizados sus estudios cinco años más tarde, se incorporó a Ceuta y participó en la campaña de Melilla, como consecuencia del descalabro sufrido en 1909 en el Barranco del Lobo. Un año más tarde, Juan Hernández Saravia se casaba con Milagros de Rojas Feigenspan, hija también de un militar.

Los primeros años de su carrera se encuentran marcados por la adopción del concepto corporativo que poseía como distintivo el arma de Artillería: el concepto del honor. Los artilleros interpretaban que el honor regía sus fórmulas organizativas y de ascenso. Los ascensos dentro del cuerpo sólo podían producirse por estricto orden de antigüedad, lo que evitaba las posibles veleidades de favoritismo que pudieran contener los ascensos por méritos de guerra y otros merecimientos. Durante aquellos primeros años de su carrera, Saravia se empapó del particular concepto corporativo del honor artillero y durante los difíciles años de la dictadura de Primo de Rivera tendría ocasión de defenderlo.

En 1921, tras el paso por diversas guarniciones españolas, Juan Hernández Saravia vuelve a Marruecos, esta vez como consecuencia del fracaso militar sufrido en Annual. A la vuelta de su campaña, en la que su columna colaboró en algunas batallas con la de Francisco Franco, Saravia obtuvo diversos reconocimientos y pasó a ocupar el puesto de ayudante de campo del general Ramón Acha Caamaño. Corrían buenos tiempos en su carrera militar, pero en 1923 el golpe del general Primo de Rivera introdujo numerosos cambios en la vida militar que terminarían afectando a su trayectoria.

En los últimos meses de 1925, Juan Hernández Saravia se encontraba destinado en Medina del Campo. En Valladolid se reunía por aquellas fechas una buena parte de la plana conspiratoria que había surgido en contra de la Dictadura y que concentraba a demócratas, liberales y republicanos. Manuel Azaña había acudido a Valladolid a formar parte de un tribunal de oposiciones y la ocasión resultó propicia para el encuentro. Saravia se sintió profundamente impresionado por el alto concepto de Estado que reconoció en la mente de Azaña, pero aún era pronto para su posicionamiento decidido a favor de la República.

En 1925, Saravia era nombrado ayudante de campo del general Juan Arzadún Zabala, jefe de la Escuela Central de Tiro. Con ese nombramiento, se acercaba aún más al epicentro del conflicto artillero. Primo de Rivera tenía la idea de unificar todos los criterios de ascenso dentro del ejército y para ello, el 9 de junio de 1926, emitió un decreto firmado por el rey que unificaba estos criterios en todas las armas e incluía la posibilidad de ascensos por méritos dentro del arma de Artillería. Los artilleros se alzaron inmediatamente en rebeldía constituyendo un comité integrado por los generales Correa, Arzadún, Sirvent, Flores y Haro. A lo largo de todo el proceso de rebelión artillera, que llegó incluso a la disolución del Arma en bloque decretada por el general Primo de Rivera, Saravia esperó y confió en la intervención del rey. Sin embargo, esta intervención no se produjo y Saravia, condenado a dos años de cárcel y a la suspensión de su carrera, recibió de esta manera el último impulso que necesitaba para adherirse al movimiento que luchaba por la república. Como él, muchos artilleros y algunos aviadores, profundamente defraudados por la actitud del rey, que se había vanagloriado de su papel como mediador entre la política y el ejército, se vincularon definitivamente a la República.

Poco a poco, fueron aumentando sus contactos con los grupos políticos y republicanos que comenzaban a tomar forma en torno a la “rebotica” de José Giral y a la figura, políticamente emergente, de Manuel Azaña. Acosado por la persecución a la que fue sometido por Primo de Rivera como consecuencia de su participación en el asunto artillero, Saravia pidió el retiro del ejército en junio de 1927. Su disponibilidad, su reputación dentro del arma de Artillería y sus cada vez más cercanos contactos con Acción Republicana le convirtieron en uno de los instigadores más activos en la revuelta militar por la república. A pesar de su nominal separación del ejército, participó en cuantos movimientos militares se prepararon durante el periodo 1927-1931 para derribar la Dictadura y la Monarquía. Participó en el movimiento acaudillado por José Sánchez Guerra, en la creación de la Agrupación Militar Republicana (AMR), que reunía a militares tan destacados en la lucha por la República como Arturo Menéndez, Pedro Fuentes, José Fuentes Barrios, Pedro Romero, Ramón Franco, Antonio Cordón, Felipe Díaz Sandino y Alejandro Sancho Subirats, entre otros. La AMR coordinó esfuerzos en apoyo de la república y tuvo un papel fundamental en el movimiento programado para diciembre de 1930. Como consecuencia de su participación en él, Juan Hernández Saravia fue detenido antes del comienzo de la insurrección y esta detención influyó en el fracaso de las operaciones militares en Madrid. Pero en los cafés, donde se reunían las tertulias prorrepublicanas, en el Ateneo, en las guarniciones, en las sedes de los comités, en las calles de Madrid se percibía que, a principios de 1931 y a pesar del último y estrepitoso fracaso, la república ya sólo era cuestión de tiempo.

La llegada de la Segunda República por medio de una consulta popular  y el nombramiento de Manuel Azaña como ministro de la Guerra en el Gobierno provisional posibilitaron un estrechamiento de la relación entre Juan Hernández Saravia y el político republicano. El comandante Saravia se había convertido en uno de los más preciados colaboradores de Azaña y éste le nombró jefe de su Gabinete Militar, uno de los organismos de más  responsabilidad en el diseño y ejecución de la necesaria reforma militar que el nuevo ministro estaba dispuesto a llevar a cabo, con el objetivo final de circunscribir el ámbito militar en sus estrictos límites, alejado de la tradicional intervención en política y del pretorianismo.

La colaboración entre el ministro de la Guerra y su jefe de Gabinete fue muy fructífera durante el bienio 1931-1933 y se extendió a aspectos de la vida personal de ambos. Hubo, sin embargo, un punto oscuro que afectó personal y profesionalmente a Juan Hernández Saravia: la represión en la insurrección en Casas Viejas. Saravia se vio doblemente implicado, en su calidad de jefe del Gabinete Militar del ministro y por la conexión familiar que le ligaba al responsable de la matanza en el pueblo gaditano, Manuel de Rojas, hermano de su mujer. Casas Viejas fue un punto de inflexión en la marcha de la República y también lo fue en las carreras de Azaña y Saravia. Este último presentó su dimisión al presidente del Gobierno que no quiso oír hablar de ella, considerando que su intervención en el asunto había sido extremadamente escrupulosa.

Después del triunfo electoral de las derechas en 1933, Saravia cesó en su puesto como jefe del Gabinete Militar y en 1934 pidió su retiro voluntario dentro del ejército, tras calibrar las grandes posibilidades de que el Gobierno utilizara al ejército para reprimir los movimientos sociales que se avecinaban. Retirado oficialmente del ejército, integró las filas de la Unión Militar de Republicanos Antifascistas (UMRA) y se implicó en tareas políticas para la recién creada Izquierda Republicana de Manuel Azaña. En 1936, con la llegada a la presidencia del Gobierno de éste, Saravia pasó a desempeñar el puesto de secretario particular del presidente, especializado en asuntos militares. Durante la primavera de 1936 fue uno de los militares de la UMRA más activos en la detección de movimientos militares y en el intento de transmitir al presidente del Gobierno el peligro de sublevación militar que atenazaba a la República. Los oficiales que integraban la UMRA consideraban que el Gobierno debía intervenir con mayor rotundidad ante los inequívocos signos de rebelión que se percibían en el Gobierno y Saravia efectuó frecuentemente de correo entre ambas instancias.

Cuando se produjo la rebelión, los hombres de la UMRA eran los más capacitados para intentar detenerla. Durante meses habían buceado en los pormenores de la conspiración y se convirtieron en el eje que controló el poder militar en la República. Saravia se instaló en el Ministerio de la Guerra junto a otros colaboradores de la UMRA como Leopoldo Menéndez, Antonio Cordón, Barceló o José Martín Blázquez. Su labor en el fracaso de la rebelión fue importante porque controlaron todos los puntos neurálgicos del poder militar y organizaron el reparto de armas a las organizaciones obreras ordenados por el presidente José Giral. Aunque su labor había consistido en un control de facto del Ministerio, ante la enfermedad de su titular, Luis Castelló, Saravia fue nombrado oficialmente ministro de la Guerra el 7 de agosto de 1936, ocupando durante un mes este puesto, en uno de los momentos más críticos de la historia militar de nuestro país. Obligado a lidiar con la difícil tarea de construir un ejército a partir de las inconexas y desorganizadas milicias y de los restos del ejército republicano, Saravia reflexionó sobre la necesidad de la militarización y articuló el primer planteamiento de lo que debía ser el futuro ejército de la República. Creó el modelo del Ejército Voluntario, que sería posteriormente superado, pero que constituyó el primer intento de racionalizar la estructura militar de la República en guerra.

Con la caída del Gobierno Giral, Saravia salió del Gobierno y fue destinado al Ejército de Córdoba, donde se convirtió en responsable de la pérdida del sector cordobés-extremeño, durante el otoño y el invierno de 1936, lo que acarreó su destitución el 1 de enero de 1937. Posteriormente fue destinado a la dirección de la Defensa Especial Contra Aeronaves (DECA). Meses después era nombrado jefe del Ejército de Levante y asumía responsabilidades en la batalla de Teruel. En Teruel se consiguió el primer gran triunfo de alto calado propagandístico para el Ejército Popular de la República. Saravia fue el jefe del ejército que entró en Teruel, dirigió el mando total de las columnas operativas, según el diseño efectuado por el jefe del Estado Mayor Central, Vicente Rojo, y dejó su impronta en el trato humanitario que se dispensó a los prisioneros y en la liberación de los edificios sitiados. Pero Teruel fue una victoria efímera y el 22 de febrero de 1938, el ejército de Franco volvía a ocupar las posiciones conquistadas.

Tras la pérdida de Teruel, Saravia pasó a ocupar la jefatura del Grupo de Ejércitos de la Región Oriental (GERO), únicamente equiparable al que ocupaba Miaja en la zona centro como jefe del Grupo de Ejércitos de la Región Central (GERC) y en una zona tremendamente conflictiva en ese momento. Su labor era la coordinación del Ejército del Este, dirigido por el anarquista Juan Perea, y el Ejército del Ebro, mandado por el comunista Modesto. Ambos estaban destinados a librar las dos batallas decisivas en la parte final de la guerra: la batalla del Ebro y la de Cataluña. Tras la caída de Barcelona, Saravia era destituido como jefe del GERO e iniciaba los preparativos para la salida al exilio.

Juan Hernández Saravia salió de España el 5 de febrero de 1939, acompañando a la comitiva de Manuel Azaña que atravesaba el pequeño puerto que comunica la Vajol con Les Illes. Su familia había salido al completo por la frontera de Portbou y Cèrvere, dirigida por el marido de su hija, el militar Francisco García Mellado. La familia de Saravia se instaló en un pequeño pueblo en las cercanías de Marsella, Eguilles, donde la principal actividad consistía en intentar encontrar medios de subsistencia. Saravia buscó el apoyo de las organizaciones españolas de ayuda a los refugiados y finalmente consiguió obtener un pequeño subsidio de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE), insuficiente para el mantenimiento de una familia de diez miembros que no encontraba ninguna actividad laboral que realizar en aquellos inciertos primeros meses de la conflagración mundial.

En septiembre de 1940, Saravia se trasladó a Montauban para asistir al último presidente de la República en sus últimos días de vida. Atormentado por el estado de indefensión en que encontró a Manuel Azaña, se hizo cargo de todo lo que sucedía en el hotel Midi de Montauban, en torno a la grave enfermedad de Manuel Azaña. Tras su fallecimiento, la situación era muy compleja en la Francia que estaba a punto de ser ocupada por Alemania en su totalidad. La familia de Saravia intentó conseguir un pasaje hacia México pero finalmente no logró salir del país donde soportaron los últimos momentos de la guerra.

El aislamiento fue lo más destacado de los últimos años de la Segunda Guerra Mundial, pero éste se quebró en 1944 cuando Saravia conectó nuevamente con sus amigos Leopoldo Menéndez y José Giral. Frente a las estrategias guerrilleras planteadas por Unión Nacional Española (UNE), Saravia apoyó el proyecto encabezado por la Junta Española de Liberación (JEL) y el papel que José Giral comenzaba a desarrollar de cara a la constitución de un Consejo de Gobierno de la República Española en el exilio. Desde comienzos de 1945, el general Saravia participaba en la reconstrucción de las instituciones en el exilio que surgía al calor de las alentadoras circunstancias internacionales. En agosto de ese mismo año aceptaba el cargo de ministro de Defensa de la República Española en el exilio en el Gobierno que José Giral formaba con miembros de Izquierda Republicana, CNT, Esquerra Republicana de Cataluña, UGT y Unión Republicana.

En su nuevo puesto, Saravia albergó la ilusión de crear un ejército renovado que volvería a España con el apoyo internacional de las potencias democráticas. Pero las circunstancias que progresivamente estaban dividiendo al mundo en dos bloques políticamente polarizados fueron deshaciendo las esperanzas de los republicanos españoles. La desunión entre facciones políticas y el cambio de actitud de las potencias aliadas frente al problema español destrozaron los sueños de la clase política en el destierro. En febrero de 1947, dimitía el Gobierno Giral al completo. Saravia participaría en el gobierno que posteriormente dirigió Álvaro de Albornoz, pero las ilusiones se habían desvanecido.

Poco a poco, comenzó a valorar la posibilidad de marchar a México. Su esposa había fallecido y sus hijos se habían instalado casi al completo en ese país, con el apoyo de Santos Martínez Saura, antiguo secretario político de Manuel Azaña en la presidencia del Gobierno del Frente Popular. En 1950 se decidió a dar finalmente el salto. Con casi setenta años de edad emprendió el viaje completamente solo, desde París a Italia, para salir del puerto de Nápoles en el Saturnia hasta México D.F. Instalado junto a sus hijos en la capital mexicana, tuvo la oportunidad de recuperar el contacto con compañeros exiliados como Santos Martínez Saura, Leopoldo Menéndez, Lola de Rivas, y con la mayoría de los militares españoles que se daban cita en esa ciudad.

El cambio de rumbo político que significó la constitución de la Acción Republicana Democrática Española (ARDE), en julio de 1959, respondía a una propuesta de unificación republicana efectuada por José Maldonado unos años antes y significó, de hecho, la vuelta de Saravia a las responsabilidades políticas. Su compañero militar, el general Emilio Herrera, quiso confiar en su prestigio político para imprimir el sello de la legitimidad al Gobierno del que se hizo cargo en mayo de 1960, designando a Saravia vicepresidente del Consejo de Defensa de la República Española, que se convertía en un organismo delegado en México del Gobierno de la República. Saravia estaba a punto de cumplir 80 años de edad y poco podía hacer ya por defender la República española, pero desempeñando ese cargo llegó al final de sus días el 3 de mayo de 1962. Fue enterrado en el cementerio español de México D.F., ante la asistencia de la práctica totalidad de la comunidad española en el exilio mexicano.